lunes, 3 de abril de 2017

El drama de la reina del baile

Abril se presentó como la tía buena del calendario, la Miss Primavera con olor a flores y sonrisa caliente, disfrazada de comienzos y maquillada de ilusiones. Pero resultó ser bipolar y estar más loca que un febrero sin veintinueve. Bastaron pocos días para descubrir su aliento a romero y su devoción al quizás, para cazarla en mentiras que se alargaban más que los atardeceres. Resultó que la lluvia era su signo del zodiaco y la brisa cortante su arma para el toque de queda.

Abril nos alejó los carnavales pero se le olvidaron los payasos. Nos vendió promesas al kilo junto a las fresas de oferta. Nos cambió bostezo por estornudo y botas por rebequita. Nos mezcló café con cerveza, operación bikini con escuadrón letargo y fantasmas del pasado con escarceos sin futuro. Abril puso patas arriba nuestra vida ya de por sí desordenada y aun así nos encantó con su desencanto, moviéndonos como marionetas por el muelle los domingos a la tarde, pintando escapadas sin escapatoria.


Abril sería elegida seguramente reina del baile por una noche, pero jamás la invitarían a un cumpleaños. Porque, como ocurre con las tartas de chocolate, en su justa medida triunfa pero en cantidades industriales empalaga. Abril era así, demasiado bonita para ser cierto, demasiado forzada para caer bien, demasiado complicada para echarla de menos. Abril era Abril y nadie tenía por qué entenderlo.

domingo, 19 de marzo de 2017

Vivir en tropical

Decidí plantar una palmera porque palmera significa sol, sal, mar, aire. Palmera significa diferente. Palmera son historias con sabor a verano y a playa, son tardes de domingo junto al muelle o viernes de barbacoa en la casa indiana de Llanes.

Decidí plantar una palmera porque ambos crecemos siempre con la cabeza alta y la mente en verde, pese a cargar con un pasado marchito y lleno de recovecos que pinchan si nos los tocan. Porque los dos nos erigimos sobre un tronco de historias de inicio fresco y final puntiagudo que, lejos de derrotarnos, nos dan fuerza y nos levantan cada vez más alto. Y lo más rimbombante de todo es que, a pesar de las espinas aún conseguimos dar fruto, unas veces más provechoso que otras, claro está: en ocasiones simplemente se quedan en proyectos colgantes, en ideas abortadas que emergen de nuestro coco y que nadie en su sano juicio se comería.

Decidí plantar una palmera porque, sin ser la más fuerte, resiste los vendavales. Porque, sin ser la mejor sombra, nunca te negará cobijo. Porque sin ser la más bonita siempre habrá alguien a quien le resulte un tanto atractiva. Y, sobre todo, porque sin ser la más importante, terminará consiguiendo de todos modos ganarse un lugar de respeto y que la gente se acuerde el día en que falte de que ahí, antiguamente, había una palmera.

domingo, 12 de marzo de 2017

Oda al saludo entre el educado y el rudo

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me quedé paralizado viendo a dos aparentes desconocidos saludándose por el nombre. A lo mejor tenían amigos en común o habían sido novietes en el instituto, cuando las arrugas bailaban en las camisas y no en las caras. A lo mejor la madre de ella había sido la modista del barrio y el padre de él el cartero. A lo mejor el padre enfilaba las cartas de amor de su hijo en el buzón de la muchacha, jugando a crear historias de amor 1.0 de las que ya no quedan.

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me pregunté si ya no existían los buenos días menores de cuarenta y cinco. Si perdimos la educación junto con las Olimpiadas. Si ya no importa que fulanito de tal y menganita de cual compartan ciudad, barrio, supermercado, acera, portal y cartero. Si ahora ya solo calificamos a la gente por el Tinder cuando queremos calentar una cama fría y después, por la mañana, nos deshacemos del cadáver con un hasta pronto para volver a nuestro cómodo anonimato, sin remordimientos. Para volver a salir a la calle mirándonos los zapatos por miedo de encontrarnos al ligue de anoche. Va a ser que ahora hemos transportado nuestra vida social al móvil, como si quisiéramos expulsarla de nuestras entrañas y meterla en un baúl bajo llave. Una tontería si al final todo el mundo termina teniendo una copia. Más triste es eso, que tengan que darte los buenos días para saber que has comido pescado sola junto al río y que luego te has ido a comprar un vestido pero no te alcanzaba el dinero, de ahí lo de la foto en el probador con la etiqueta colgando.  A ver si va a ser que ya no sabemos mirarnos a la cara compartiendo una taza de café para contarnos quiénes somos de verdad y qué queremos de la vida. Para contarnos nuestros sueños y nuestros infiernos, sin más filtros en la sala que el de la cafetera.

lunes, 6 de marzo de 2017

As festinhas

Queria festinhas aos sábados à noite. Pedia-me que passasse os meus dedos tímidos no seu cabelo, devagar, como lhe fazia a mãe quando era só uma criança. Com a sua cabeça apoiada em meu colo, fechava os olhos e sorria entretanto, mostrando os dentes brancos que iluminavam  o quarto e afastavam as minhas sombras, os meus medos. Acompanhava-me sempre com o seu elegante silêncio, a pensar, se calhar em muitas coisas, talvez em nada. E como se fizesse magia, criava música com só o respiro e aquilo tornava-se suficiente para me apaixonar, para conseguir que eu ficasse ali quase imóvel, a olhar para ela e a passar novamente o dedo na sua frente, a tocar lhe ao redor dos lábios. A desenhar com o polegar um beijo que já antecipava com as pupilas dilatadas. E então não precisava de mais nada para ser feliz. A minha droga naqueles dias era ela.

viernes, 3 de marzo de 2017

La delgada línea que separa el suspendido del suspenso

Esta madrugada he cruzado la ciudad para acabar con lo que fuimos. Con el corazón en la garganta me he dejado tragar por la penumbra y me he perdido por las calles de los bares por las que solíamos salir a beber y a bailar. Me he entretenido medio camino pateando una botella de vidrio hasta mandarla de un puntapié al fondo del río, allí donde ya no se distingue una cosa de la otra y lo vivo nada junto a lo muerto.

Esta madrugada he querido hacer el ejercicio mental de pulsar el botón de reset y dejar que la corriente arrastre tu recuerdo. He vuelto al puente donde sellamos esta historia para buscar nuestro acuerdo de acero entre todos los candados colgados de las vallas y así liberarlo de su prisión. No ha sido nada fácil encontrar tu voz entre todos los ecos de aquel cementerio de parejas, de aquel delirio de tequieros encadenados y de promesas flotantes. He tenido que tocarlos uno por uno, desde los que rozaban el suelo a los que me quedaban por encima del hombro, suspendidos de aquella ridícula malla antisuicidio, mientras me preguntaba si en este mundo no habría un suicidio mayor que el de caer enamorado.

Esta madrugada, con el frío cortándome los labios y la angustia oprimiéndome el pecho, he cogido por el cuello a mi peor enemigo y se lo he roto con unas tenazas. He desactivado mi bomba de amor y la he lanzado por encima de la valla, lejos, tapándome los oídos como si fuese a estallar en contacto con el agua. Y después me he arrodillado en el suelo llorando lágrimas de cólera y de alivio. Porque, aunque parezca contradictorio, a veces en la vida rabia y paz comparten escenario y se miran a los ojos, como cruzándose por la calle, cuando la una llega y la otra se va. Es en ese momento de calma después de la tempestad en donde conseguimos encontrar un ápice de verdad entre la mentira, un barquito de esperanza que nos podría sacar a flote de la marea de decadencia en la que estamos sumidos. Y es hoy cuando mi barquito ha decidido zarpar desde el momento en que he conseguido soltar la pesada ancla que me aferraba a ti y dejar que la corriente me aleje de tu puerto. Me he prometido que el mundo es demasiado grande como para vivir sentada con las piernas colgando del mismo puente, cuando este ya solo huele a viejo y al contacto con el viento rechina. Quedarse ahí parada sería exponerme a que antes o después la madera se quebrase conmigo encima. Y la carcoma no avisa.

Así que tras haber dedicado unos segundos a tomar aire, incorporarme y limpiarme la cara con las mangas me he puesto a correr, a alejarme de todo esto. Simplemente por la necesidad de huir de la escena de nuestro crimen: del puente, del candado, del río. De nosotros. Porque nosotros ya no significa tú más yo. En nosotros ya no cabes tú. Mira que por mucho que estuviésemos naufragando a la deriva en medio del océano, ya no me permitiría dejarte subir a mi tabla. Que mi vida se tambalea si tú te apoyas en ella. Que yo quiero sobrevivirte y tener hijos y tener nietos y contarles lo feliz que conseguí ser después de todo, cuando te perdí de vista y volví a ser yo misma. Cuando apareció alguien que me aceptó como yo soy sin intentar cambiarme, sin esperar siempre de mí carta blanca por el hecho de haberme dibujado desnuda una noche de borrachera y haber sentenciado mi temprana adolescencia con un candado de bicicleta suspendido en un puente de París y un beso que, de aquella, ni sabías darme. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Romance de tinta indeleble

Nos acostamos juntos la noche en que nos conocimos. Tú cantante amateur de blues, yo acostumbrada a dar el cante en la pista durante toda una vida. La clásica cierrabares abrazada al inventor de la siesta. El experto en leyes de lunes a viernes con la abogada de guardia del diablo. Ahí estábamos tirados aquel par de polos opuestos, yo en primero de sofá y tú ya con máster en película y manta. 

Lo hicimos en tu casa nueva, esa con dos cuartos, cocina-salón y ambientador automático, porque en la mía vivían ocho estudiantes, no funcionaba ni la cisterna y olía a puto desagüe. Nos duchamos juntos la mañana siguiente. Yo te coloqué la camisa recién planchada y te anudé la corbata. Tú me lanzaste el vestido de la otra noche, que aún apestaba a tabaco. Nos despedimos con un beso con sabor a pasta de dientes. Bueno, eso para mí. A ti no sé a qué te sabría la alpargata que tenía yo por boca, pobrecito.


Lo curioso es que me escribiste igualmente a la noche para contarme que me esperabas con un trocito de tu tarta de cumpleaños, como si estuviera en tu vida desde hacía más tiempo. Yo la verdad que solo podía ofrecerte uno de mis chicles de menta porque llegaba del trabajo de empalme, sin dinero y con el mismo vestido, que si me apuras ya se tenía solo. Y es que ni siquiera sabía que estabas de celebración esa semana, coño, apenas te conocía. Aun así no te pusiste exquisito y volvimos a hacerlo, lo de dormirnos bajo la manta, me refiero. Sí, así sin más, como completos chiquillos que nunca se han besado. Con la misma calma que una pareja que se conoce de hace tantos años que ya ni se molesta en hacer el amago de follar. Pero es que, por tonto que pareciera, los dos sabíamos que en aquel momento no hacía falta. Era solo estar allí, estar así. Lo único que quisimos fue disfrutar de esa calma, de aquel microclima perfecto donde sin programarlo habíamos conseguido alinear el ying con el yang, el sol con la luna, el caos con el control, mi historia con la tuya. Y desde aquella noche, casi sin saberlo, empezamos a escribir una juntos. Y lo nuestro duró lo que dura la tinta. 

lunes, 20 de febrero de 2017

De acertijos invisibles

Y no sé si es la misma fuerza la que peina y despeina, la que mece y estremece, la que acaricia y arranca, la que roza y asola, la que toca y empuja, la que susurra y chirría. La que juega con nosotros como si fuésemos marionetas, rozándonos primero con sensualidad para después terminar por cortarnos los labios sin remordimientos, llenarnos de arena los ojos o echarnos encima la marea, hasta que reine la noche. Algunos la llaman Dios. Para mí es solo el viento.

sábado, 11 de febrero de 2017

La neve

È la neve che blocca tutto. Con il suo silenzioso cadere ferma le macchine, annulla le voci, dipinge di bianco il grigio della quotidianità. Furba, fresca e silenziosa, è la neve a nascondere i nostri problemi, le nostre voci e la nostra impronta, fino a riuscire a farci dubitare se una volta siamo passati da questo mondo o meno.

viernes, 10 de febrero de 2017

Déjà vu

En Portugal Febrero se escribe con uve de viento. Abrigos pegados al cuerpo, legañas en los ojos, sopa en el plato. Sabrina ha venido de visita y cuenta cosas. Oímos llover, hace ya rato. Dos años sin vernos. La tarde me sabe a café y letargo, a pasados presentes con bizcocho de coco. Sabrina oye, sabe, sorbe, mira, asiente. Ojea todo por primera vez pero mira sin ver, con los pies fríos. Parece que ha sufrido en su larga hibernación francesa. Camina torpe por la calzada portuguesa como si anduviese por inercia. Ni el mejor de los licores consigue calentarla y sus gestos se apagan hasta parecer un cuerpo inerte. Hace tiempo que no dejó de pensar en un ojalá o en un pronto. Hace tiempo que no sueña con los cálidos veranos en Italia. Ahora solo sigue mecánicamente el dictado de una rutina escrita hace tiempo con caligrafía adolescente. Tendré que llevarla a alguna tienda de regalos, de esas escondidas en los callejones del puerto. A ver si se compra un paquete de naipes nuevo y vuelve a jugar a la vida.

sábado, 4 de febrero de 2017

Batiburrillo

¿Sabes de esa gente que se afana por esconder todos los trastos en la despensa del pasillo cuando esperan una visita? Toda una montaña de viejas glorias, de cosas sucias y de porsiacasos que, mirada de cerca, incita al mareo, pero de lejos, en su conjunto, hasta tiene su encanto y podría aparecer en un museo de arte contemporáneo. Pues así es mi cabeza, una amalgama de despropósitos inconcebibles, de bombillas rotas que en su día fueron candidatas a ideas brillantes y que terminaron por fundirse a la primera chispa.

Mi cabeza acumula momentos entrañables que jamás borraría y otros que por desgracia no consigo despegar de ella, de tanto ruido que hicieron cuando sonaron por primera vez. Incluso hay una serie de escenas que ni sé si sucedieron o me las inventé en sueños. En mi cabeza coexisten las ideas básicas para hacer una fabada y ese paseo pendiente con mi difunta abuela que nunca podrá ser. Flotan sumidas en la confusión treinta mil anécdotas de mis viajes que me gustaría compartir con mi madre sobre la cama como cuando era pequeño, junto con la espinita clavada de un doctorado que nunca tomará forma, de una espalda que jamás será recta o de un proyecto de novela sin futuro. Asoman la cabeza por entre las sombras caras variopintas de personas que me he cruzado de camino a quién sabe dónde y varios miedos crónicos como el pavor a volar o a acabar en la cárcel acusado de algún delito que no he cometido. Se cruzan el ingenio y el cansancio, la ironía y la ira, la persistencia y la pereza. Se contagia el olor a libros nuevos con el sabor a arroz con leche. Se oyen nombres en italiano y algunos apellidos en portugués. Se me repiten estribillos de canciones y resacas de vino de oferta. Hasta aparecen amores inesperados que pronto se vuelven a esconder entre la marabunta de irracionalidades que hacen acampada en mi pensamiento. 

Yo que nunca he soportado el desorden, termino por encontrarlo en mi propia casa. Y, mientras aguardo con impaciencia tiempos limpios, solo consigo acumular sin querer más suciedad mental. No sabes cuánto me gustaría poder abrir mi despensa de emociones y hacer limpieza, como cuando cambias la ropa de invierno de los armarios o cuando cancelas documentos inservibles del ordenador y ves la barrita de espacio menos saturada. Pero al final tengo tan mala suerte que, cuando parece que he conseguido olvidarme de algo, no consigo luchar contra mi instinto y vuelvo cabizbajo a la papelera de reciclaje, desarrugo la idea y la coloco de nuevo en su sitio original: mi amiga pero inestable montaña de desorden. Llamémoslo mi querido batiburrillo.