jueves, 25 de mayo de 2017

Lo pasado y lo pisado

El reloj del baño marca las nostalgia en punto. Una ducha de recuerdos y un zumo de caras conocidas me devuelven a Milán. 

Parece que nada ha cambiado, que Álvaro sigue igual de golfo, Almu igual de hiperactiva y Carla igual de celíaca. Pero en verdad me encuentro al uno con novia, a la otra con hijo y a la tercera igual de intolerante al glúten pero mucho más tolerante a la vida. Milán ha madurado porque los sitios también evolucionan con su gente. Los sitios también acumulan historias en sus retinas y de vez en cuando son tantas que les escuecen los ojos y no tienen más remedio que lloverlas, para limpiar el aire. Porque no somos los únicos que lloramos, purgamos y olvidamos.

A las nostalgia en punto he vuelto a encontrarme con el pasado en los muros en donde lo dejé plasmado y esta vez he conseguido sostenerle la mirada con ojos de presente. Me he perdido por las calles por el placer de volver a encontrarme. He visitado fantasmas del pasado y les he quitado la sábana para que ya nunca más me atormenten.

Y sobre todo he disfrutado. He disfrutado del contraste, por fuerte que resulte. He disfrutado de que la lluvia vaya limpiando nuestras vidas, nuestro paso por las calles, porque es el proceso natural. Aunque tengo que ser sincero y reconocer que me ha aliviado ver que aún quedan restos de mis pisadas y que Milán aún no me ha borrado del todo. Porque yo todavía no he borrado Milán.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Solo la música

La música es orden para los invidentes, los no creyentes y los no querientes, aquellos que dan palos de ciego en el amor.

La música viste sus cuerpos desnudos, abraza sus frías costillas y les calienta las orejas como sopa en la garganta.

La música les regala el oído como ningún ser humano hace, con más efecto que una infantería de piropos italianos.

La música es esa medicina alternativa que actúa como cicatrizante de las heridas más profundas, cuando estas están a flor de piel y escuecen.

La música aplana las montañas, clarea el bosque, remienda los descosidos, tapa las fugas.

La música invita a toser todos los males y a respirar de nuevo.

La música consigue tratar a cada individuo como es, adaptarse a este como nunca haría otra persona, dejándole escoger hora, lugar, estilo, volumen, ritmo, duración; dándole la posibilidad de repetir todas las veces que sea necesario o de desaparecer para siempre y no volver a cruzarse en su vida. Sería la pareja perfecta en el siglo del egoísmo.

La música es un sastre insistente en tomarnos la medida que nos ofrece construir nuestro propio tema, que nos invita disfrutar hasta la última nota de nuestra canción. Al fin y al cabo, cada cual es dueño de su melodía y debería bailar como quisiera sobre su propio pentagrama.
La música no cuenta con unas reglas predefinidas. Solo conviene tener buen oído para saber escuchar lo que nos ofrece la vida.

En fin, la música.

domingo, 7 de mayo de 2017

Reencuentros en la sombra

Dicen que valientes y cobardes comparten insomnio. El valiente porque no consigue aparcar la marabunta de ideas que lo invitan a mejorar cada cosa de este mundo, a buscar un por qué, a luchar por lo que quiere sin conformarse con lo que le rodea. El cobarde porque, en cambio, no tiene ninguna pretensión de buscar alternativas, ya que básicamente es incapaz de hacerlo, no tiene el cromosoma determinación y ello le genera ansiedad.

Valiente y Cobarde comparten vela y se miran desafiantes mientras esta se consume lentamente en el tiempo entre ellos. Cobarde desearía poder ser Valiente por tan solo un minuto para soltar al viento toda esa retahíla de despropósitos que le oprimen el pecho cada noche cuando se mete entre las sábanas. Valiente, sin embargo, le robaría su parsimonia aunque fuera un cuarto de hora para vaciar su mente y abandonar esa crítica suicida contra la sociedad de este mundo.

Pero en el fondo a Valiente le gusta ser Valiente y tener sus conflictos diarios y sufrir por sacarlos adelante y disfrutar después del éxito personal con la lengua fuera, porque para él el sudor vale más que el dinero y es lo que lo mantiene con vida. Y por supuesto a Cobarde le encanta sentirse protegido en su burbuja estandarizada, en el más vale olor a rancio conocido que colonia por conocer. Será que, a pesar de todo, el conformismo lo acerca más a la realidad, es más palpable y ayuda a no pegarse la hostia, mientras que el resto son sueños intangibles, son saltos en paracaídas a veces con caída acertada, sí, pero otras con la tela rasgada y final desafortunado.

Si vale la pena el riesgo o no, eso nunca podremos medirlo con objetividad. Valiente siempre será valiente y Cobarde siempre será cobarde. El primero te insistirá en que sí y el segundo hará un gesto negativo con las manos. Quizá por ello se envidien y se admiren al mismo tiempo. Y pasarán años, décadas o siglos, que nunca conseguirán entenderse ni saber si están mejor solos o acompañados. 

Seguramente ambos sufren la incomprensión del otro, cada uno a su manera, pero lo que está claro es que Valiente la detecta mucho antes y la siente más suya, más intensa; se la lleva a su terreno y la analiza por todos lados a la luz de la vela tratando de hacerse una composición mental del prisma. Para cuando Cobarde se dé cuenta seguramente ya se habrá consumido la cera, lo que no quiere decir que le preocupe menos, pero es que el pobre siempre ha suspendido en Geometría y no es hábil resolviendo complicaciones. Cuando esté preparado para recuperar la materia, Valiente ya se habrá dormido de la extenuación, habiendo agotado toda la casuística del problema y clasificado el examen en un archivo de su cabeza. De hecho, conociéndolo, ya se habrá dormido poniéndole nombre a  la carpeta que archivará el siguiente dilema.

Sea como fuere,  al menos Valiente se dormirá satisfecho en su agotamiento y conciliará el sueño con una sonrisa en los labios tras haber intentado lo imposible, mientras que Cobarde seguirá con los ojos abiertos cuando la vela se apague y acumulará durante toda su vida el miedo a lo que pudo haber sido y no fue, el miedo a tener que batallar sin armas emocionales con las sombras de su pasado.

jueves, 4 de mayo de 2017

Ahí donde no llegan las palabras

En una escala de cero a silencio, tú me importas silencio.

Es en silencio cuando escucho tu voz con más claridad. Cuando te vuelvo a ver y consigo dibujar todos y cada uno de los rasgos de tu cara, como si pasase mis dedos por ellos. Es en silencio cuando se me eriza la piel al recordar tu respiración aún caliente en mi cuello.

Era en silencio cuando conseguíamos entendernos con las miradas. Cuando desnudabas mi pensamiento buscando respuestas y terminabas por ahogar tus porqués en el café. Era en silencio cuando llorabas en la cocina y maldecías al destino sin encontrar un claro culpable.

Fue en el silencio donde entendiste por qué había elegido irme, donde nos dedicamos un frío hasta sabe Dios cuándo. Donde al mirar atrás ya no encontraste manos que agarrar y terminaste escribiendo tu final. Donde recogí los ecos de tus últimos días tratando de entender el puzzle. Fue en el silencio donde te dediqué nuestra última carta.

Será en el silencio donde continuaré buscándote cada vez que me hagas falta. Donde me reencontraré siempre con mis raíces cuando apriete la nostalgia. Donde abandonaré mis frustraciones junto a tus restos para que nunca me pesen como a ti, para mirar siempre al frente y que mi voz siga hablando por los dos. Será en el silencio donde encontraré la fuerza que a veces me roba el mundo del ruido y de la palabra.

En una escala de cero a silencio tú siempre me vas a importar silencio, abuela.

martes, 18 de abril de 2017

Os despertares de abril

Ligaranme ao telemóvel. Ou se calhar foi o alarme a avisar do novo dia. Ou foi o sol a querer entrar pela janela. Ou foi o frio a matar a vontade de ficar lá na cama sozinho. Ou foi a almofada a perguntar-me por quê e até quando...

Talvez foi o calendário a convidar-me  a experimentar a primavera. Ou foi o teu cheiro ainda preso nos meus lençóis. Ou foi a tua voz doce repetendo-se devagarinho na minha cabeça. Ou foi a lembrança da tua respiraçao a bater-me no pescoço. Ou simplesmente foi a vida que gosta de juntar histórias de coraçoes magoados e de nos convidar a pegar de novo a chamada, a disfrutarmos do aqui e do agora, a deixarmos de estar na ronha. Sei lá.


lunes, 3 de abril de 2017

El drama de la reina del baile

Abril se presentó como la tía buena del calendario, la Miss Primavera con olor a flores y sonrisa caliente, disfrazada de comienzos y maquillada de ilusiones. Pero resultó ser bipolar y estar más loca que un febrero sin veintinueve. Bastaron pocos días para descubrir su aliento a romero y su devoción al quizás, para cazarla en mentiras que se alargaban más que los atardeceres. Resultó que la lluvia era su signo del zodiaco y la brisa cortante su arma para el toque de queda.

Abril nos alejó los carnavales pero se le olvidaron los payasos. Nos vendió promesas al kilo junto a las fresas de oferta. Nos cambió bostezo por estornudo y botas por rebequita. Nos mezcló café con cerveza, operación bikini con escuadrón letargo y fantasmas del pasado con escarceos sin futuro. Abril puso patas arriba nuestra vida ya de por sí desordenada y aun así nos encantó con su desencanto, moviéndonos como marionetas por el muelle los domingos a la tarde, pintando escapadas sin escapatoria.


Abril sería elegida seguramente reina del baile por una noche, pero jamás la invitarían a un cumpleaños. Porque, como ocurre con las tartas de chocolate, en su justa medida triunfa pero en cantidades industriales empalaga. Abril era así, demasiado bonita para ser cierto, demasiado forzada para caer bien, demasiado complicada para echarla de menos. Abril era Abril y nadie tenía por qué entenderlo.

domingo, 19 de marzo de 2017

Vivir en tropical

Decidí plantar una palmera porque palmera significa sol, sal, mar, aire. Palmera significa diferente. Palmera son historias con sabor a verano y a playa, son tardes de domingo junto al muelle o viernes de barbacoa en la casa indiana de Llanes.

Decidí plantar una palmera porque ambos crecemos siempre con la cabeza alta y la mente en verde, pese a cargar con un pasado marchito y lleno de recovecos que pinchan si nos los tocan. Porque los dos nos erigimos sobre un tronco de historias de inicio fresco y final puntiagudo que, lejos de derrotarnos, nos dan fuerza y nos levantan cada vez más alto. Y lo más rimbombante de todo es que, a pesar de las espinas aún conseguimos dar fruto, unas veces más provechoso que otras, claro está: en ocasiones simplemente se quedan en proyectos colgantes, en ideas abortadas que emergen de nuestro coco y que nadie en su sano juicio se comería.

Decidí plantar una palmera porque, sin ser la más fuerte, resiste los vendavales. Porque, sin ser la mejor sombra, nunca te negará cobijo. Porque sin ser la más bonita siempre habrá alguien a quien le resulte un tanto atractiva. Y, sobre todo, porque sin ser la más importante, terminará consiguiendo de todos modos ganarse un lugar de respeto y que la gente se acuerde el día en que falte de que ahí, antiguamente, había una palmera.

domingo, 12 de marzo de 2017

Oda al saludo entre el educado y el rudo

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me quedé paralizado viendo a dos aparentes desconocidos saludándose por el nombre. A lo mejor tenían amigos en común o habían sido novietes en el instituto, cuando las arrugas bailaban en las camisas y no en las caras. A lo mejor la madre de ella había sido la modista del barrio y el padre de él el cartero. A lo mejor el padre enfilaba las cartas de amor de su hijo en el buzón de la muchacha, jugando a crear historias de amor 1.0 de las que ya no quedan.

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me pregunté si ya no existían los buenos días menores de cuarenta y cinco. Si perdimos la educación junto con las Olimpiadas. Si ya no importa que fulanito de tal y menganita de cual compartan ciudad, barrio, supermercado, acera, portal y cartero. Si ahora ya solo calificamos a la gente por el Tinder cuando queremos calentar una cama fría y después, por la mañana, nos deshacemos del cadáver con un hasta pronto para volver a nuestro cómodo anonimato, sin remordimientos. Para volver a salir a la calle mirándonos los zapatos por miedo de encontrarnos al ligue de anoche. Va a ser que ahora hemos transportado nuestra vida social al móvil, como si quisiéramos expulsarla de nuestras entrañas y meterla en un baúl bajo llave. Una tontería si al final todo el mundo termina teniendo una copia. Más triste es eso, que tengan que darte los buenos días para saber que has comido pescado sola junto al río y que luego te has ido a comprar un vestido pero no te alcanzaba el dinero, de ahí lo de la foto en el probador con la etiqueta colgando.  A ver si va a ser que ya no sabemos mirarnos a la cara compartiendo una taza de café para contarnos quiénes somos de verdad y qué queremos de la vida. Para contarnos nuestros sueños y nuestros infiernos, sin más filtros en la sala que el de la cafetera.

lunes, 6 de marzo de 2017

As festinhas

Queria festinhas aos sábados à noite. Pedia-me que passasse os meus dedos tímidos no seu cabelo, devagar, como lhe fazia a mãe quando era só uma criança. Com a sua cabeça apoiada em meu colo, fechava os olhos e sorria entretanto, mostrando os dentes brancos que iluminavam  o quarto e afastavam as minhas sombras, os meus medos. Acompanhava-me sempre com o seu elegante silêncio, a pensar, se calhar em muitas coisas, talvez em nada. E como se fizesse magia, criava música com só o respiro e aquilo tornava-se suficiente para me apaixonar, para conseguir que eu ficasse ali quase imóvel, a olhar para ela e a passar novamente o dedo na sua frente, a tocar lhe ao redor dos lábios. A desenhar com o polegar um beijo que já antecipava com as pupilas dilatadas. E então não precisava de mais nada para ser feliz. A minha droga naqueles dias era ela.

viernes, 3 de marzo de 2017

La delgada línea que separa el suspendido del suspenso

Esta madrugada he cruzado la ciudad para acabar con lo que fuimos. Con el corazón en la garganta me he dejado tragar por la penumbra y me he perdido por las calles de los bares por las que solíamos salir a beber y a bailar. Me he entretenido medio camino pateando una botella de vidrio hasta mandarla de un puntapié al fondo del río, allí donde ya no se distingue una cosa de la otra y lo vivo nada junto a lo muerto.

Esta madrugada he querido hacer el ejercicio mental de pulsar el botón de reset y dejar que la corriente arrastre tu recuerdo. He vuelto al puente donde sellamos esta historia para buscar nuestro acuerdo de acero entre todos los candados colgados de las vallas y así liberarlo de su prisión. No ha sido nada fácil encontrar tu voz entre todos los ecos de aquel cementerio de parejas, de aquel delirio de tequieros encadenados y de promesas flotantes. He tenido que tocarlos uno por uno, desde los que rozaban el suelo a los que me quedaban por encima del hombro, suspendidos de aquella ridícula malla antisuicidio, mientras me preguntaba si en este mundo no habría un suicidio mayor que el de caer enamorado.

Esta madrugada, con el frío cortándome los labios y la angustia oprimiéndome el pecho, he cogido por el cuello a mi peor enemigo y se lo he roto con unas tenazas. He desactivado mi bomba de amor y la he lanzado por encima de la valla, lejos, tapándome los oídos como si fuese a estallar en contacto con el agua. Y después me he arrodillado en el suelo llorando lágrimas de cólera y de alivio. Porque, aunque parezca contradictorio, a veces en la vida rabia y paz comparten escenario y se miran a los ojos, como cruzándose por la calle, cuando la una llega y la otra se va. Es en ese momento de calma después de la tempestad en donde conseguimos encontrar un ápice de verdad entre la mentira, un barquito de esperanza que nos podría sacar a flote de la marea de decadencia en la que estamos sumidos. Y es hoy cuando mi barquito ha decidido zarpar desde el momento en que he conseguido soltar la pesada ancla que me aferraba a ti y dejar que la corriente me aleje de tu puerto. Me he prometido que el mundo es demasiado grande como para vivir sentada con las piernas colgando del mismo puente, cuando este ya solo huele a viejo y al contacto con el viento rechina. Quedarse ahí parada sería exponerme a que antes o después la madera se quebrase conmigo encima. Y la carcoma no avisa.

Así que tras haber dedicado unos segundos a tomar aire, incorporarme y limpiarme la cara con las mangas me he puesto a correr, a alejarme de todo esto. Simplemente por la necesidad de huir de la escena de nuestro crimen: del puente, del candado, del río. De nosotros. Porque nosotros ya no significa tú más yo. En nosotros ya no cabes tú. Mira que por mucho que estuviésemos naufragando a la deriva en medio del océano, ya no me permitiría dejarte subir a mi tabla. Que mi vida se tambalea si tú te apoyas en ella. Que yo quiero sobrevivirte y tener hijos y tener nietos y contarles lo feliz que conseguí ser después de todo, cuando te perdí de vista y volví a ser yo misma. Cuando apareció alguien que me aceptó como yo soy sin intentar cambiarme, sin esperar siempre de mí carta blanca por el hecho de haberme dibujado desnuda una noche de borrachera y haber sentenciado mi temprana adolescencia con un candado de bicicleta suspendido en un puente de París y un beso que, de aquella, ni sabías darme.