martes, 29 de agosto de 2017
En clave de sol
El día que me quitaste la ropa se inventó el verano
miércoles, 5 de julio de 2017
De señales invertidas y signos contradictorios
Querido Libra, te devuelvo tu balanza. Hazme el favor de girarte y de perderte de mi vista. No quiero saber nada más de tus idas y venidas, de tus porsiacasos, de tus ojalás, de esa constante manía por acumular pros y contras desde el desayuno hasta la almohada.
Quédate tus alomejores y dame Alohomoras, ábreme puertas, dame respuestas pero sin truco. No me prometas conejos inexistentes en la chistera porque entonces sacaré todo mi genio y no cabrá en tres mil lámparas.
Libra, te alimentas de la incertidumbre ajena y la acumulas como si fuera pan para el invierno. Arañas las conciencias de los demás con tus lecciones a calzador de ley y civismo, con absurdas pretensiones de cambio sacadas del discurso de una Miss España, con la continua frustracion de vivir una vida que nunca te llena lo suficiente porque siempre se podría mejorar.
En serio, todos sabemos de qué pie cojeas. Relájate y respira, mira alrededor y verás a un Tauro cornudo, a un Piscis vegetariano y a un Cáncer hospitalizado haciendo menos drama del que tú te creas con cada bocanada de aire.
Abre bien los ojos y mira cuánta basura hay flotando fuera de tu signo y lo bien que estás tú. Si vas a usar la balanza, sé justo cuando compares, porque el peso que le pongas a cada lado será clave para la decisión final.
jueves, 29 de junio de 2017
La cinta de embalar historias
Me aconsejaste que saliese de casa y volara lejos, que
abriese los ojos y cerrase la boca, que aprendiese idiomas y conociese a gente.
Me pediste que dejara fluir las emociones, que besase caras y
conquistase camas, que soltara lastre y olvidase códigos inservibles del pasado
para crear mi propio lenguaje.
Me sugeriste pisar la hierba húmeda y la arena ardiente con
los pies despejados y la mente desnuda, o tal vez al revés.
Me invitaste a gritar desde el rascacielos más alto y a disfrutar
del silencio de las profundidades de un lago, a mezclarme tanto con ricos como
pobres, a tragar lágrimas y escupirlas reconvertidas en alegrías.
Me exigiste que acumulase historias para los nietos y que
viviera sin pensar demasiado, porque el resto ya llegaría.
Me susurraste con una mezcla de pena y envidia un sé feliz pero en el apretón de manos te olvidaste de mencionar
la fecha de caducidad de nuestro acuerdo. Omitiste la
parte en la que todo se termina y me vuelvo a casa, la parte en la que explota mi
burbuja de emociones y tú te quedas sentado impasible, viendo cómo se caen las
torres de mi nuevo castillo y cómo se diluyen minuto a minuto las historias congeladas
de quienes se cruzaron en mi camino. Prescindiste del cruel momento en que tendría
que intentar resumir los años más complejos de mi vida en una
simple maleta de veinte kilos.
Me aconsejaste, me pediste, me sugeriste, me exigiste y me susurraste,
pero sobre todo me mentiste. Me vendiste una acuarela de experiencias positivas
y dejaste pasar las malas, los momentos de soledad e incomprensión a kilómetros
de distancia, las despedidas de las manos amigas, los catarros sin la sopa de
la abuela. Y para colmo escondiste la verdad más importante: que después de
tanta intensidad no volveré a ser el mismo ni seré capaz de pertenecer a
ninguna parte sin sentirme en algún modo incompleto. Que sufriré por no lograr conjugar el mundo que he estado
construyendo a base de sueños perseguidos con el que me venía de serie. Y que a partir de ahora mi cabeza pertenecerá
al mismo tiempo a dos vidas y a ninguna, como quien combina pareja y amante y se agobia en su propio disfrute sin saber a quién serle más fiel.
Me ocultaste que nuestro mundo está diseñado para vivir una
vida bajo unos apellidos y un pasaporte y que no existe manera humana de
cortar y pegar varias mitades separadas en el espacio y el tiempo para crear tu propio collage perfecto. Me
convertiste en trotamundos icono para algunos y juguete roto de barrio para otros, en un ciudadano de
la Tierra que ni entiende ni quiere saber de límites.
Me transformaste en un nómada con cuatro cajas de cartón y un rollo
de cinta para embalar anhelos y miedos.
Y aun así nunca me cansaré de darte las gracias por ello.
miércoles, 28 de junio de 2017
La ópera de los sentidos
Se entrevé una
silueta de mujer vestida con un traje de luces y sombras.
Se entremezclan
dos aromas de canela e incienso.
Suenan tres
acordes de lluvia contra los cristales.
Comienza una lenta Traviata a cuatro manos.
El tenor afina
cinco suculentos besos de cuello y la soprano se derrite en coros espasmódicos.
Se abre el
telón.
domingo, 25 de junio de 2017
Jarabe de tiempo
No contento
con ser rubio y de ojos azules, naciste en año bisiesto porque querías ser más
que nadie. De haber ocurrido unas décadas antes habrías salido en la portada de la Interviú de la familia de Hitler. Pero no, tú
eras más de prensa rosa barata, de dimes y diretes. Casi como si tuvieras una mascota,
sacabas tu lengua a pasear al menos tres veces al día, normalmente para reírte
de la desgracia ajena, pronunciando discursos tan vacíos que ni Google
Translator se molestaría en analizar.
Pero a pesar
de todo causabas sensación. Bastaba mover un dedo y ya tenías a la Reina de
Inglaterra en bragas. Conseguías nublar hasta la mente del más estudiado con
esa sonrisa a dieta de blanqueador y esa manera de peinarte el flequillo con la
mano. Y lo peor es que lo sabías. Eras totalmente consciente
del fenómeno fan que causabas y lo utilizabas continuamente a tu conveniencia
para pedir, criticar, denostar, exigir, silenciar, coaccionar. Por no mencionar
tu especial manía por copiar el historial de ligues de los demás.
Por lo visto
te falló un paréntesis en la ecuación y te olvidaste de que quien pone el punto
final a la frase es el tiempo. Sin haberte dado cuenta ya habías abierto una
hipoteca con él apenas saliste del vientre de tu madre, con fecha de caducidad
irrevocable. Por desgracia para ti no supiste leer en las sombras que tu peor
enemigo te perseguiría hasta agotar tu aliento y que te la tendría siempre
guardada. Que poco a poco conseguiría ir derrocando tu imperio con manchas en
piel, arrugas en la cara, caries en los dientes, canas en el pelo, joroba en la
espalda. Y que tú tratarías en vano de explotar desesperado todas y cada una de
aquellas pequeñas espinillas en tu autoestima de hierro, acabando sin remedio
más apolillado que la madera.
Y de repente
allí ibas a estar, plantado frente al espejo tratando de comprender aquel reflejo
mezquino, aquella maldad visual que superaba a la de tus entrañas, aquella
bilis gráfica más pestilente que la de todas tus palabras juntas. Quizá ya sería tarde para replantearse las cosas, ¿no? Seguro que de haberlo visto venir habrías preferido nacer sietemesino, bajo y con hipertiroidismo. Al menos habrías llegado a la meta con un camino de autodefensa o brazos
amigos a los que poder acudir.
jueves, 22 de junio de 2017
De días perdidos y pensamientos encontrados
Llegó
junio y me pidió respuestas, pero me quedé afónico. Me tomé otra pastilla de verano
para calmar la garganta, tirado en la arena caliente al atardecer. Me alivió comprobar
que aún quedaban suficientes comprimidos en la caja como para permitirme cerrar
los ojos un día más y dejar la mente en blanco, disfrutando del sonido de las
olas.
Rubén
abrió la botella de sangría como siempre inventándose sus típicos brindis por
Europa o por la vida y Paula me contó de su próximo viaje a Vietnam, de sus
trescientas vacunas anti todo y de los gusanos fritos que se iba a comer a lo
Frank de la Jungla. Sonaba a lo lejos la música brasileña de Dani, que nos acompañó hasta que el sol decidió bajar el telón.
Algunos
de los chicos se iban de la ciudad en los próximos días y mi inconfundible amigo Jhon me pidió
que no me olvidase de pensar en el futuro, porque pronto llegaría la brisa de
septiembre y me cogería con lo puesto si no me espabilaba.
Así
que cuando dimos por concluida aquella reunión de soñadores por el mundo, me fui
a casa a morderme las uñas mientras escuchaba los audios de Carla poniéndome al día desde Suíza y las desventuras de mi Nuri por Irlanda. Y al tiempo que mi esfera social daba la vuelta al mundo, mis pies jugaron a refrescarse junto al
ventilador, a la espera de julio.
lunes, 29 de mayo de 2017
Anhelos
Quiero.
Quiero mirarte.
Quiero desearte, tocarte, abrazarte.
Quiero besarte, explorarte, atraparte.
Quiero tenerte, cuidarte, arroparte.
Quiero reiñirte, enfadarte, conservarte.
Quiero necesitarte y que me necesites, enamorarte.
Quiero llamarte, llorarte, suplicarte.
Quiero perderte y recuperarte o tal vez ya olvidarte.
Quiero sentirte, quiero sentirnos y quiero sentirme.
Quiero.
Indicios caducos del triunfo de la humanidad
Nada como el dolor de piernas después de una noche entera bailando. Nada como las agujetas en la barriga de tanto reír, el escozor en los labios de la sal de las pipas, la marca del sol de verano en la piel.
Nada como los escalofríos que siguen a un beso en el cuello, la resaca tras la cerveza, el olor a perro mojado en las manos los domingos de mascota y lluvia.
Nada como el dolor de muñecas en las tardes de fútbolín, las marcas de tinta en la mano tras clavar un examen o el pitido de oídos al despegar para viajar lejos.
Nada como acumular en el cuerpo la suma de esas reminiscencias de placer, de esos dolores indoloros que trazan una felicidad efímera que todos desearíamos congelar.
jueves, 25 de mayo de 2017
Lo pasado y lo pisado
El reloj del
baño marca las nostalgia en punto. Una ducha de recuerdos y un zumo de caras
conocidas me devuelven a Milán.
Parece que
nada ha cambiado, que Álvaro sigue igual de golfo, Almu igual de hiperactiva y
Carla igual de celíaca. Pero en verdad me encuentro al uno con novia, a la otra
con hijo y a la tercera igual de intolerante al glúten pero mucho más tolerante
a la vida. Milán ha madurado porque los sitios también evolucionan con su
gente. Los sitios también acumulan historias en sus retinas y de vez en cuando
son tantas que les escuecen los ojos y no tienen más remedio que lloverlas,
para limpiar el aire. Porque no somos los únicos que lloramos, purgamos y
olvidamos.
A las
nostalgia en punto he vuelto a encontrarme con el pasado en los muros en donde
lo dejé plasmado y esta vez he conseguido sostenerle la mirada con ojos de
presente. Me he perdido por las calles por el placer de volver a encontrarme.
He visitado fantasmas del pasado y les he quitado la sábana para que ya nunca
más me atormenten.
Y sobre todo
he disfrutado. He disfrutado del contraste, por fuerte que resulte. He
disfrutado de que la lluvia vaya limpiando nuestras vidas, nuestro paso por las
calles, porque es el proceso natural. Aunque tengo que ser sincero y reconocer
que me ha aliviado ver que aún quedan restos de mis pisadas y que Milán aún no
me ha borrado del todo. Porque yo todavía no he borrado Milán.
miércoles, 10 de mayo de 2017
Solo la música
La música es orden para los
invidentes, los no creyentes y los no querientes, aquellos que dan palos de
ciego en el amor.
La música viste sus cuerpos
desnudos, abraza sus frías costillas y les calienta las orejas como sopa en la
garganta.
La música les regala el oído como
ningún ser humano hace, con más efecto que una infantería de piropos italianos.
La música es esa medicina
alternativa que actúa como cicatrizante de las heridas más profundas, cuando estas
están a flor de piel y escuecen.
La música aplana las montañas, clarea
el bosque, remienda los descosidos, tapa las fugas.
La música invita a toser todos
los males y a respirar de nuevo.
La música consigue tratar a cada
individuo como es, adaptarse a este como nunca haría otra persona, dejándole
escoger hora, lugar, estilo, volumen, ritmo, duración; dándole la posibilidad
de repetir todas las veces que sea necesario o de desaparecer para siempre y no
volver a cruzarse en su vida. Sería la pareja perfecta en el siglo del egoísmo.
La música es un sastre insistente
en tomarnos la medida que nos ofrece construir nuestro propio tema, que nos
invita disfrutar hasta la última nota de nuestra canción. Al fin y al cabo,
cada cual es dueño de su melodía y debería bailar como quisiera sobre su propio
pentagrama.
La música no cuenta con unas
reglas predefinidas. Solo conviene tener buen oído para saber escuchar lo que
nos ofrece la vida.
En fin, la música.
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