miércoles, 5 de julio de 2017

De señales invertidas y signos contradictorios

Querido Libra, te devuelvo tu balanza. Hazme el favor de girarte y de perderte de mi vista. No quiero saber nada más de tus idas y venidas, de tus porsiacasos, de tus ojalás, de esa constante manía por acumular pros y contras desde el desayuno hasta la almohada.

Quédate tus alomejores y dame Alohomoras, ábreme puertas, dame respuestas pero sin truco. No me prometas conejos  inexistentes en la chistera porque entonces sacaré todo mi genio y no cabrá en tres mil lámparas.

Libra, te alimentas de la incertidumbre ajena y la acumulas como si fuera pan para el invierno. Arañas las conciencias de los demás con tus lecciones a calzador de ley y civismo, con absurdas pretensiones de cambio sacadas del discurso de una Miss España, con la continua frustracion de vivir una vida que nunca te llena lo suficiente porque siempre se podría mejorar.

En serio, todos sabemos de qué pie cojeas. Relájate y respira, mira alrededor y verás a un Tauro cornudo, a un Piscis vegetariano y a un Cáncer hospitalizado  haciendo menos drama del que tú te creas con cada bocanada de aire.

Abre bien los ojos y mira cuánta basura hay flotando fuera de tu signo y lo bien que estás tú. Si vas a usar la balanza, sé justo cuando compares, porque el peso que le pongas a cada lado será clave para  la decisión final.



jueves, 29 de junio de 2017

La cinta de embalar historias

Me aconsejaste que saliese de casa y volara lejos, que abriese los ojos y cerrase la boca, que aprendiese idiomas y conociese a gente.

Me pediste que dejara fluir las emociones, que besase caras y conquistase camas, que soltara lastre y olvidase códigos inservibles del pasado para crear mi propio lenguaje.

Me sugeriste pisar la hierba húmeda y la arena ardiente con los pies despejados y la mente desnuda, o tal vez al revés.

Me invitaste a gritar desde el rascacielos más alto y a disfrutar del silencio de las profundidades de un lago, a mezclarme tanto con ricos como pobres, a tragar lágrimas y escupirlas reconvertidas en alegrías.

Me exigiste que acumulase historias para los nietos y que viviera sin pensar demasiado, porque el resto ya llegaría.

Me susurraste con una mezcla de pena y envidia un sé feliz pero en el apretón de manos  te olvidaste de mencionar la fecha de caducidad de nuestro acuerdo. Omitiste la parte en la que todo se termina y me vuelvo a casa, la parte en la que explota mi burbuja de emociones y tú te quedas sentado impasible, viendo cómo se caen las torres de mi nuevo castillo y cómo se diluyen minuto a minuto las historias congeladas de quienes se cruzaron en mi camino. Prescindiste del cruel momento en que tendría que intentar resumir los años más complejos de mi vida en una simple maleta de veinte kilos.

Me aconsejaste, me pediste, me sugeriste, me exigiste y me susurraste, pero sobre todo me mentiste. Me vendiste una acuarela de experiencias positivas y dejaste pasar las malas, los momentos de soledad e incomprensión a kilómetros de distancia, las despedidas de las manos amigas, los catarros sin la sopa de la abuela. Y para colmo escondiste la verdad más importante: que después de tanta intensidad no volveré a ser el mismo ni seré capaz de pertenecer a ninguna parte sin sentirme en algún modo incompleto. Que sufriré por no lograr conjugar el mundo que he estado construyendo a base de sueños perseguidos con el que me venía de serie. Y que a partir de ahora mi cabeza pertenecerá al mismo tiempo a dos vidas y a ninguna, como quien combina pareja y amante y se agobia en su propio disfrute sin saber a quién serle más fiel.

Me ocultaste que nuestro mundo está diseñado para vivir una vida bajo unos apellidos y un pasaporte y que no existe manera humana de cortar y pegar varias mitades separadas en el espacio y el tiempo para crear tu propio collage perfecto. Me convertiste en trotamundos icono para algunos y juguete roto de barrio para otros, en un ciudadano de la Tierra que ni entiende ni quiere saber de límites. 

Me transformaste en un nómada con cuatro cajas de cartón y un rollo de cinta para embalar anhelos y miedos.

Y aun así nunca me cansaré de darte las gracias por ello.

miércoles, 28 de junio de 2017

La ópera de los sentidos

Se entrevé una silueta de mujer vestida con un traje de luces y sombras. 

Se entremezclan dos aromas de canela e incienso.

Suenan tres acordes de lluvia contra los cristales.

Comienza una lenta Traviata a cuatro manos.

El tenor afina cinco suculentos besos de cuello y la soprano se derrite en coros espasmódicos.

Se abre el telón.

domingo, 25 de junio de 2017

Jarabe de tiempo

No contento con ser rubio y de ojos azules, naciste en año bisiesto porque querías ser más que nadie. De haber ocurrido unas décadas antes habrías salido en la portada de la Interviú de la familia de Hitler. Pero no, tú eras más de prensa rosa barata, de dimes y diretes. Casi como si tuvieras una mascota, sacabas tu lengua a pasear al menos tres veces al día, normalmente para reírte de la desgracia ajena, pronunciando discursos tan vacíos que ni Google Translator se molestaría en analizar.

Pero a pesar de todo causabas sensación. Bastaba mover un dedo y ya tenías a la Reina de Inglaterra en bragas. Conseguías nublar hasta la mente del más estudiado con esa sonrisa a dieta de blanqueador y esa manera de peinarte el flequillo con la mano. Y lo peor es que lo sabías. Eras totalmente consciente del fenómeno fan que causabas y lo utilizabas continuamente a tu conveniencia para pedir, criticar, denostar, exigir, silenciar, coaccionar. Por no mencionar tu especial manía por copiar el historial de ligues de los demás.

Por lo visto te falló un paréntesis en la ecuación y te olvidaste de que quien pone el punto final a la frase es el tiempo. Sin haberte dado cuenta ya habías abierto una hipoteca con él apenas saliste del vientre de tu madre, con fecha de caducidad irrevocable. Por desgracia para ti no supiste leer en las sombras que tu peor enemigo te perseguiría hasta agotar tu aliento y que te la tendría siempre guardada. Que poco a poco conseguiría ir derrocando tu imperio con manchas en piel, arrugas en la cara, caries en los dientes, canas en el pelo, joroba en la espalda. Y que tú tratarías en vano de explotar desesperado todas y cada una de aquellas pequeñas espinillas en tu autoestima de hierro, acabando sin remedio más apolillado que la madera.

Y de repente allí ibas a estar, plantado frente al espejo tratando de comprender aquel reflejo mezquino, aquella maldad visual que superaba a la de tus entrañas, aquella bilis gráfica más pestilente que la de todas tus palabras juntas. Quizá ya sería tarde para replantearse las cosas, ¿no? Seguro que de haberlo visto venir habrías preferido nacer sietemesino, bajo y con hipertiroidismo. Al menos habrías llegado a la meta con un camino de autodefensa o brazos amigos a los que poder acudir.


jueves, 22 de junio de 2017

De días perdidos y pensamientos encontrados

Llegó junio y me pidió respuestas, pero me quedé afónico. Me tomé otra pastilla de verano para calmar la garganta, tirado en la arena caliente al atardecer. Me alivió comprobar que aún quedaban suficientes comprimidos en la caja como para permitirme cerrar los ojos un día más y dejar la mente en blanco, disfrutando del sonido de las olas.

Rubén abrió la botella de sangría como siempre inventándose sus típicos brindis por Europa o por la vida y Paula me contó de su próximo viaje a Vietnam, de sus trescientas vacunas anti todo y de los gusanos fritos que se iba a comer a lo Frank de la Jungla. Sonaba a lo lejos la música brasileña de Dani, que nos acompañó hasta que el sol decidió bajar el telón.

Algunos de los chicos se iban de la ciudad en los próximos días y mi inconfundible amigo Jhon me pidió que no me olvidase de pensar en el futuro, porque pronto llegaría la brisa de septiembre y me cogería con lo puesto si no me espabilaba. 

Así que cuando dimos por concluida aquella reunión de soñadores por el mundo, me fui a casa a morderme las uñas mientras escuchaba los audios de Carla poniéndome al día desde Suíza y las desventuras de mi Nuri por Irlanda.  Y al tiempo que mi esfera social daba la vuelta al mundo, mis pies jugaron a refrescarse junto al ventilador, a la espera de julio.

lunes, 29 de mayo de 2017

Anhelos

Quiero.

Quiero mirarte.
Quiero desearte, tocarte, abrazarte.
Quiero besarte, explorarte, atraparte.

Quiero tenerte, cuidarte, arroparte.
Quiero reiñirte, enfadarte, conservarte.
Quiero necesitarte y que me necesites, enamorarte.

Quiero llamarte, llorarte, suplicarte.
Quiero perderte y recuperarte o tal vez ya olvidarte.

Quiero sentirte, quiero sentirnos y quiero sentirme. 
Quiero.

Indicios caducos del triunfo de la humanidad

Nada como el dolor de piernas después de una noche entera bailando. Nada como las agujetas en la barriga de tanto reír, el escozor en los labios de la sal de las pipas, la marca del sol de verano en la piel.

Nada como los escalofríos que siguen a un beso en el cuello, la resaca tras la cerveza, el olor a perro mojado en las manos los domingos de mascota y lluvia.

Nada como el dolor de muñecas en las tardes de fútbolín, las marcas de tinta en la mano tras clavar un examen o el pitido de oídos al despegar para viajar lejos.

Nada como acumular en el cuerpo la suma de esas reminiscencias de placer, de esos dolores indoloros que trazan una felicidad efímera que todos desearíamos congelar.

jueves, 25 de mayo de 2017

Lo pasado y lo pisado

El reloj del baño marca las nostalgia en punto. Una ducha de recuerdos y un zumo de caras conocidas me devuelven a Milán. 

Parece que nada ha cambiado, que Álvaro sigue igual de golfo, Almu igual de hiperactiva y Carla igual de celíaca. Pero en verdad me encuentro al uno con novia, a la otra con hijo y a la tercera igual de intolerante al glúten pero mucho más tolerante a la vida. Milán ha madurado porque los sitios también evolucionan con su gente. Los sitios también acumulan historias en sus retinas y de vez en cuando son tantas que les escuecen los ojos y no tienen más remedio que lloverlas, para limpiar el aire. Porque no somos los únicos que lloramos, purgamos y olvidamos.

A las nostalgia en punto he vuelto a encontrarme con el pasado en los muros en donde lo dejé plasmado y esta vez he conseguido sostenerle la mirada con ojos de presente. Me he perdido por las calles por el placer de volver a encontrarme. He visitado fantasmas del pasado y les he quitado la sábana para que ya nunca más me atormenten.

Y sobre todo he disfrutado. He disfrutado del contraste, por fuerte que resulte. He disfrutado de que la lluvia vaya limpiando nuestras vidas, nuestro paso por las calles, porque es el proceso natural. Aunque tengo que ser sincero y reconocer que me ha aliviado ver que aún quedan restos de mis pisadas y que Milán aún no me ha borrado del todo. Porque yo todavía no he borrado Milán.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Solo la música

La música es orden para los invidentes, los no creyentes y los no querientes, aquellos que dan palos de ciego en el amor.

La música viste sus cuerpos desnudos, abraza sus frías costillas y les calienta las orejas como sopa en la garganta.

La música les regala el oído como ningún ser humano hace, con más efecto que una infantería de piropos italianos.

La música es esa medicina alternativa que actúa como cicatrizante de las heridas más profundas, cuando estas están a flor de piel y escuecen.

La música aplana las montañas, clarea el bosque, remienda los descosidos, tapa las fugas.

La música invita a toser todos los males y a respirar de nuevo.

La música consigue tratar a cada individuo como es, adaptarse a este como nunca haría otra persona, dejándole escoger hora, lugar, estilo, volumen, ritmo, duración; dándole la posibilidad de repetir todas las veces que sea necesario o de desaparecer para siempre y no volver a cruzarse en su vida. Sería la pareja perfecta en el siglo del egoísmo.

La música es un sastre insistente en tomarnos la medida que nos ofrece construir nuestro propio tema, que nos invita disfrutar hasta la última nota de nuestra canción. Al fin y al cabo, cada cual es dueño de su melodía y debería bailar como quisiera sobre su propio pentagrama.
La música no cuenta con unas reglas predefinidas. Solo conviene tener buen oído para saber escuchar lo que nos ofrece la vida.

En fin, la música.

domingo, 7 de mayo de 2017

Reencuentros en la sombra

Dicen que valientes y cobardes comparten insomnio. El valiente porque no consigue aparcar la marabunta de ideas que lo invitan a mejorar cada cosa de este mundo, a buscar un por qué, a luchar por lo que quiere sin conformarse con lo que le rodea. El cobarde porque, en cambio, no tiene ninguna pretensión de buscar alternativas, ya que básicamente es incapaz de hacerlo, no tiene el cromosoma determinación y ello le genera ansiedad.

Valiente y Cobarde comparten vela y se miran desafiantes mientras esta se consume lentamente en el tiempo entre ellos. Cobarde desearía poder ser Valiente por tan solo un minuto para soltar al viento toda esa retahíla de despropósitos que le oprimen el pecho cada noche cuando se mete entre las sábanas. Valiente, sin embargo, le robaría su parsimonia aunque fuera un cuarto de hora para vaciar su mente y abandonar esa crítica suicida contra la sociedad de este mundo.

Pero en el fondo a Valiente le gusta ser Valiente y tener sus conflictos diarios y sufrir por sacarlos adelante y disfrutar después del éxito personal con la lengua fuera, porque para él el sudor vale más que el dinero y es lo que lo mantiene con vida. Y por supuesto a Cobarde le encanta sentirse protegido en su burbuja estandarizada, en el más vale olor a rancio conocido que colonia por conocer. Será que, a pesar de todo, el conformismo lo acerca más a la realidad, es más palpable y ayuda a no pegarse la hostia, mientras que el resto son sueños intangibles, son saltos en paracaídas a veces con caída acertada, sí, pero otras con la tela rasgada y final desafortunado.

Si vale la pena el riesgo o no, eso nunca podremos medirlo con objetividad. Valiente siempre será valiente y Cobarde siempre será cobarde. El primero te insistirá en que sí y el segundo hará un gesto negativo con las manos. Quizá por ello se envidien y se admiren al mismo tiempo. Y pasarán años, décadas o siglos, que nunca conseguirán entenderse ni saber si están mejor solos o acompañados. 

Seguramente ambos sufren la incomprensión del otro, cada uno a su manera, pero lo que está claro es que Valiente la detecta mucho antes y la siente más suya, más intensa; se la lleva a su terreno y la analiza por todos lados a la luz de la vela tratando de hacerse una composición mental del prisma. Para cuando Cobarde se dé cuenta seguramente ya se habrá consumido la cera, lo que no quiere decir que le preocupe menos, pero es que el pobre siempre ha suspendido en Geometría y no es hábil resolviendo complicaciones. Cuando esté preparado para recuperar la materia, Valiente ya se habrá dormido de la extenuación, habiendo agotado toda la casuística del problema y clasificado el examen en un archivo de su cabeza. De hecho, conociéndolo, ya se habrá dormido poniéndole nombre a  la carpeta que archivará el siguiente dilema.

Sea como fuere,  al menos Valiente se dormirá satisfecho en su agotamiento y conciliará el sueño con una sonrisa en los labios tras haber intentado lo imposible, mientras que Cobarde seguirá con los ojos abiertos cuando la vela se apague y acumulará durante toda su vida el miedo a lo que pudo haber sido y no fue, el miedo a tener que batallar sin armas emocionales con las sombras de su pasado.

jueves, 4 de mayo de 2017

Ahí donde no llegan las palabras

En una escala de cero a silencio, tú me importas silencio.

Es en silencio cuando escucho tu voz con más claridad. Cuando te vuelvo a ver y consigo dibujar todos y cada uno de los rasgos de tu cara, como si pasase mis dedos por ellos. Es en silencio cuando se me eriza la piel al recordar tu respiración aún caliente en mi cuello.

Era en silencio cuando conseguíamos entendernos con las miradas. Cuando desnudabas mi pensamiento buscando respuestas y terminabas por ahogar tus porqués en el café. Era en silencio cuando llorabas en la cocina y maldecías al destino sin encontrar un claro culpable.

Fue en el silencio donde entendiste por qué había elegido irme, donde nos dedicamos un frío hasta sabe Dios cuándo. Donde al mirar atrás ya no encontraste manos que agarrar y terminaste escribiendo tu final. Donde recogí los ecos de tus últimos días tratando de entender el puzzle. Fue en el silencio donde te dediqué nuestra última carta.

Será en el silencio donde continuaré buscándote cada vez que me hagas falta. Donde me reencontraré siempre con mis raíces cuando apriete la nostalgia. Donde abandonaré mis frustraciones junto a tus restos para que nunca me pesen como a ti, para mirar siempre al frente y que mi voz siga hablando por los dos. Será en el silencio donde encontraré la fuerza que a veces me roba el mundo del ruido y de la palabra.

En una escala de cero a silencio tú siempre me vas a importar silencio, abuela.

martes, 18 de abril de 2017

Os despertares de abril

Ligaranme ao telemóvel. Ou se calhar foi o alarme a avisar do novo dia. Ou foi o sol a querer entrar pela janela. Ou foi o frio a matar a vontade de ficar lá na cama sozinho. Ou foi a almofada a perguntar-me por quê e até quando...

Talvez foi o calendário a convidar-me  a experimentar a primavera. Ou foi o teu cheiro ainda preso nos meus lençóis. Ou foi a tua voz doce repetendo-se devagarinho na minha cabeça. Ou foi a lembrança da tua respiraçao a bater-me no pescoço. Ou simplesmente foi a vida que gosta de juntar histórias de coraçoes magoados e de nos convidar a pegar de novo a chamada, a disfrutarmos do aqui e do agora, a deixarmos de estar na ronha. Sei lá.


lunes, 3 de abril de 2017

El drama de la reina del baile

Abril se presentó como la tía buena del calendario, la Miss Primavera con olor a flores y sonrisa caliente, disfrazada de comienzos y maquillada de ilusiones. Pero resultó ser bipolar y estar más loca que un febrero sin veintinueve. Bastaron pocos días para descubrir su aliento a romero y su devoción al quizás, para cazarla en mentiras que se alargaban más que los atardeceres. Resultó que la lluvia era su signo del zodiaco y la brisa cortante su arma para el toque de queda.

Abril nos alejó los carnavales pero se le olvidaron los payasos. Nos vendió promesas al kilo junto a las fresas de oferta. Nos cambió bostezo por estornudo y botas por rebequita. Nos mezcló café con cerveza, operación bikini con escuadrón letargo y fantasmas del pasado con escarceos sin futuro. Abril puso patas arriba nuestra vida ya de por sí desordenada y aun así nos encantó con su desencanto, moviéndonos como marionetas por el muelle los domingos a la tarde, pintando escapadas sin escapatoria.


Abril sería elegida seguramente reina del baile por una noche, pero jamás la invitarían a un cumpleaños. Porque, como ocurre con las tartas de chocolate, en su justa medida triunfa pero en cantidades industriales empalaga. Abril era así, demasiado bonita para ser cierto, demasiado forzada para caer bien, demasiado complicada para echarla de menos. Abril era Abril y nadie tenía por qué entenderlo.

domingo, 19 de marzo de 2017

Vivir en tropical

Decidí plantar una palmera porque palmera significa sol, sal, mar, aire. Palmera significa diferente. Palmera son historias con sabor a verano y a playa, son tardes de domingo junto al muelle o viernes de barbacoa en la casa indiana de Llanes.

Decidí plantar una palmera porque ambos crecemos siempre con la cabeza alta y la mente en verde, pese a cargar con un pasado marchito y lleno de recovecos que pinchan si nos los tocan. Porque los dos nos erigimos sobre un tronco de historias de inicio fresco y final puntiagudo que, lejos de derrotarnos, nos dan fuerza y nos levantan cada vez más alto. Y lo más rimbombante de todo es que, a pesar de las espinas aún conseguimos dar fruto, unas veces más provechoso que otras, claro está: en ocasiones simplemente se quedan en proyectos colgantes, en ideas abortadas que emergen de nuestro coco y que nadie en su sano juicio se comería.

Decidí plantar una palmera porque, sin ser la más fuerte, resiste los vendavales. Porque, sin ser la mejor sombra, nunca te negará cobijo. Porque sin ser la más bonita siempre habrá alguien a quien le resulte un tanto atractiva. Y, sobre todo, porque sin ser la más importante, terminará consiguiendo de todos modos ganarse un lugar de respeto y que la gente se acuerde el día en que falte de que ahí, antiguamente, había una palmera.

domingo, 12 de marzo de 2017

Oda al saludo entre el educado y el rudo

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me quedé paralizado viendo a dos aparentes desconocidos saludándose por el nombre. A lo mejor tenían amigos en común o habían sido novietes en el instituto, cuando las arrugas bailaban en las camisas y no en las caras. A lo mejor la madre de ella había sido la modista del barrio y el padre de él el cartero. A lo mejor el padre enfilaba las cartas de amor de su hijo en el buzón de la muchacha, jugando a crear historias de amor 1.0 de las que ya no quedan.

Ayer escuché un “bom dia” por la calle y me pregunté si ya no existían los buenos días menores de cuarenta y cinco. Si perdimos la educación junto con las Olimpiadas. Si ya no importa que fulanito de tal y menganita de cual compartan ciudad, barrio, supermercado, acera, portal y cartero. Si ahora ya solo calificamos a la gente por el Tinder cuando queremos calentar una cama fría y después, por la mañana, nos deshacemos del cadáver con un hasta pronto para volver a nuestro cómodo anonimato, sin remordimientos. Para volver a salir a la calle mirándonos los zapatos por miedo de encontrarnos al ligue de anoche. Va a ser que ahora hemos transportado nuestra vida social al móvil, como si quisiéramos expulsarla de nuestras entrañas y meterla en un baúl bajo llave. Una tontería si al final todo el mundo termina teniendo una copia. Más triste es eso, que tengan que darte los buenos días para saber que has comido pescado sola junto al río y que luego te has ido a comprar un vestido pero no te alcanzaba el dinero, de ahí lo de la foto en el probador con la etiqueta colgando.  A ver si va a ser que ya no sabemos mirarnos a la cara compartiendo una taza de café para contarnos quiénes somos de verdad y qué queremos de la vida. Para contarnos nuestros sueños y nuestros infiernos, sin más filtros en la sala que el de la cafetera.

lunes, 6 de marzo de 2017

As festinhas

Queria festinhas aos sábados à noite. Pedia-me que passasse os meus dedos tímidos no seu cabelo, devagar, como lhe fazia a mãe quando era só uma criança. Com a sua cabeça apoiada em meu colo, fechava os olhos e sorria entretanto, mostrando os dentes brancos que iluminavam  o quarto e afastavam as minhas sombras, os meus medos. Acompanhava-me sempre com o seu elegante silêncio, a pensar, se calhar em muitas coisas, talvez em nada. E como se fizesse magia, criava música com só o respiro e aquilo tornava-se suficiente para me apaixonar, para conseguir que eu ficasse ali quase imóvel, a olhar para ela e a passar novamente o dedo na sua frente, a tocar lhe ao redor dos lábios. A desenhar com o polegar um beijo que já antecipava com as pupilas dilatadas. E então não precisava de mais nada para ser feliz. A minha droga naqueles dias era ela.

viernes, 3 de marzo de 2017

La delgada línea que separa el suspendido del suspenso

Esta madrugada he cruzado la ciudad para acabar con lo que fuimos. Con el corazón en la garganta me he dejado tragar por la penumbra y me he perdido por las calles de los bares por las que solíamos salir a beber y a bailar. Me he entretenido medio camino pateando una botella de vidrio hasta mandarla de un puntapié al fondo del río, allí donde ya no se distingue una cosa de la otra y lo vivo nada junto a lo muerto.

Esta madrugada he querido hacer el ejercicio mental de pulsar el botón de reset y dejar que la corriente arrastre tu recuerdo. He vuelto al puente donde sellamos esta historia para buscar nuestro acuerdo de acero entre todos los candados colgados de las vallas y así liberarlo de su prisión. No ha sido nada fácil encontrar tu voz entre todos los ecos de aquel cementerio de parejas, de aquel delirio de tequieros encadenados y de promesas flotantes. He tenido que tocarlos uno por uno, desde los que rozaban el suelo a los que me quedaban por encima del hombro, suspendidos de aquella ridícula malla antisuicidio, mientras me preguntaba si en este mundo no habría un suicidio mayor que el de caer enamorado.

Esta madrugada, con el frío cortándome los labios y la angustia oprimiéndome el pecho, he cogido por el cuello a mi peor enemigo y se lo he roto con unas tenazas. He desactivado mi bomba de amor y la he lanzado por encima de la valla, lejos, tapándome los oídos como si fuese a estallar en contacto con el agua. Y después me he arrodillado en el suelo llorando lágrimas de cólera y de alivio. Porque, aunque parezca contradictorio, a veces en la vida rabia y paz comparten escenario y se miran a los ojos, como cruzándose por la calle, cuando la una llega y la otra se va. Es en ese momento de calma después de la tempestad en donde conseguimos encontrar un ápice de verdad entre la mentira, un barquito de esperanza que nos podría sacar a flote de la marea de decadencia en la que estamos sumidos. Y es hoy cuando mi barquito ha decidido zarpar desde el momento en que he conseguido soltar la pesada ancla que me aferraba a ti y dejar que la corriente me aleje de tu puerto. Me he prometido que el mundo es demasiado grande como para vivir sentada con las piernas colgando del mismo puente, cuando este ya solo huele a viejo y al contacto con el viento rechina. Quedarse ahí parada sería exponerme a que antes o después la madera se quebrase conmigo encima. Y la carcoma no avisa.

Así que tras haber dedicado unos segundos a tomar aire, incorporarme y limpiarme la cara con las mangas me he puesto a correr, a alejarme de todo esto. Simplemente por la necesidad de huir de la escena de nuestro crimen: del puente, del candado, del río. De nosotros. Porque nosotros ya no significa tú más yo. En nosotros ya no cabes tú. Mira que por mucho que estuviésemos naufragando a la deriva en medio del océano, ya no me permitiría dejarte subir a mi tabla. Que mi vida se tambalea si tú te apoyas en ella. Que yo quiero sobrevivirte y tener hijos y tener nietos y contarles lo feliz que conseguí ser después de todo, cuando te perdí de vista y volví a ser yo misma. Cuando apareció alguien que me aceptó como yo soy sin intentar cambiarme, sin esperar siempre de mí carta blanca por el hecho de haberme dibujado desnuda una noche de borrachera y haber sentenciado mi temprana adolescencia con un candado de bicicleta suspendido en un puente de París y un beso que, de aquella, ni sabías darme. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Romance de tinta indeleble

Nos acostamos juntos la noche en que nos conocimos. Tú cantante amateur de blues, yo acostumbrada a dar el cante en la pista durante toda una vida. La clásica cierrabares abrazada al inventor de la siesta. El experto en leyes de lunes a viernes con la abogada de guardia del diablo. Ahí estábamos tirados aquel par de polos opuestos, yo en primero de sofá y tú ya con máster en película y manta. 

Lo hicimos en tu casa nueva, esa con dos cuartos, cocina-salón y ambientador automático, porque en la mía vivían ocho estudiantes, no funcionaba ni la cisterna y olía a puto desagüe. Nos duchamos juntos la mañana siguiente. Yo te coloqué la camisa recién planchada y te anudé la corbata. Tú me lanzaste el vestido de la otra noche, que aún apestaba a tabaco. Nos despedimos con un beso con sabor a pasta de dientes. Bueno, eso para mí. A ti no sé a qué te sabría la alpargata que tenía yo por boca, pobrecito.


Lo curioso es que me escribiste igualmente a la noche para contarme que me esperabas con un trocito de tu tarta de cumpleaños, como si estuviera en tu vida desde hacía más tiempo. Yo la verdad que solo podía ofrecerte uno de mis chicles de menta porque llegaba del trabajo de empalme, sin dinero y con el mismo vestido, que si me apuras ya se tenía solo. Y es que ni siquiera sabía que estabas de celebración esa semana, coño, apenas te conocía. Aun así no te pusiste exquisito y volvimos a hacerlo, lo de dormirnos bajo la manta, me refiero. Sí, así sin más, como completos chiquillos que nunca se han besado. Con la misma calma que una pareja que se conoce de hace tantos años que ya ni se molesta en hacer el amago de follar. Pero es que, por tonto que pareciera, los dos sabíamos que en aquel momento no hacía falta. Era solo estar allí, estar así. Lo único que quisimos fue disfrutar de esa calma, de aquel microclima perfecto donde sin programarlo habíamos conseguido alinear el ying con el yang, el sol con la luna, el caos con el control, mi historia con la tuya. Y desde aquella noche, casi sin saberlo, empezamos a escribir una juntos. Y lo nuestro duró lo que dura la tinta. 

lunes, 20 de febrero de 2017

De acertijos invisibles

Y no sé si es la misma fuerza la que peina y despeina, la que mece y estremece, la que acaricia y arranca, la que roza y asola, la que toca y empuja, la que susurra y chirría. La que juega con nosotros como si fuésemos marionetas, rozándonos primero con sensualidad para después terminar por cortarnos los labios sin remordimientos, llenarnos de arena los ojos o echarnos encima la marea, hasta que reine la noche. Algunos la llaman Dios. Para mí es solo el viento.

sábado, 11 de febrero de 2017

La neve

È la neve che blocca tutto. Con il suo silenzioso cadere ferma le macchine, annulla le voci, dipinge di bianco il grigio della quotidianità. Furba, fresca e silenziosa, è la neve a nascondere i nostri problemi, le nostre voci e la nostra impronta, fino a riuscire a farci dubitare se una volta siamo passati da questo mondo o meno.

viernes, 10 de febrero de 2017

Déjà vu

En Portugal Febrero se escribe con uve de viento. Abrigos pegados al cuerpo, legañas en los ojos, sopa en el plato. Sabrina ha venido de visita y cuenta cosas. Oímos llover, hace ya rato. Dos años sin vernos. La tarde me sabe a café y letargo, a pasados presentes con bizcocho de coco. Sabrina oye, sabe, sorbe, mira, asiente. Ojea todo por primera vez pero mira sin ver, con los pies fríos. Parece que ha sufrido en su larga hibernación francesa. Camina torpe por la calzada portuguesa como si anduviese por inercia. Ni el mejor de los licores consigue calentarla y sus gestos se apagan hasta parecer un cuerpo inerte. Hace tiempo que no dejó de pensar en un ojalá o en un pronto. Hace tiempo que no sueña con los cálidos veranos en Italia. Ahora solo sigue mecánicamente el dictado de una rutina escrita hace tiempo con caligrafía adolescente. Tendré que llevarla a alguna tienda de regalos, de esas escondidas en los callejones del puerto. A ver si se compra un paquete de naipes nuevo y vuelve a jugar a la vida.

sábado, 4 de febrero de 2017

Batiburrillo

¿Sabes de esa gente que se afana por esconder todos los trastos en la despensa del pasillo cuando esperan una visita? Toda una montaña de viejas glorias, de cosas sucias y de porsiacasos que, mirada de cerca, incita al mareo, pero de lejos, en su conjunto, hasta tiene su encanto y podría aparecer en un museo de arte contemporáneo. Pues así es mi cabeza, una amalgama de despropósitos inconcebibles, de bombillas rotas que en su día fueron candidatas a ideas brillantes y que terminaron por fundirse a la primera chispa.

Mi cabeza acumula momentos entrañables que jamás borraría y otros que por desgracia no consigo despegar de ella, de tanto ruido que hicieron cuando sonaron por primera vez. Incluso hay una serie de escenas que ni sé si sucedieron o me las inventé en sueños. En mi cabeza coexisten las ideas básicas para hacer una fabada y ese paseo pendiente con mi difunta abuela que nunca podrá ser. Flotan sumidas en la confusión treinta mil anécdotas de mis viajes que me gustaría compartir con mi madre sobre la cama como cuando era pequeño, junto con la espinita clavada de un doctorado que nunca tomará forma, de una espalda que jamás será recta o de un proyecto de novela sin futuro. Asoman la cabeza por entre las sombras caras variopintas de personas que me he cruzado de camino a quién sabe dónde y varios miedos crónicos como el pavor a volar o a acabar en la cárcel acusado de algún delito que no he cometido. Se cruzan el ingenio y el cansancio, la ironía y la ira, la persistencia y la pereza. Se contagia el olor a libros nuevos con el sabor a arroz con leche. Se oyen nombres en italiano y algunos apellidos en portugués. Se me repiten estribillos de canciones y resacas de vino de oferta. Hasta aparecen amores inesperados que pronto se vuelven a esconder entre la marabunta de irracionalidades que hacen acampada en mi pensamiento. 

Yo que nunca he soportado el desorden, termino por encontrarlo en mi propia casa. Y, mientras aguardo con impaciencia tiempos limpios, solo consigo acumular sin querer más suciedad mental. No sabes cuánto me gustaría poder abrir mi despensa de emociones y hacer limpieza, como cuando cambias la ropa de invierno de los armarios o cuando cancelas documentos inservibles del ordenador y ves la barrita de espacio menos saturada. Pero al final tengo tan mala suerte que, cuando parece que he conseguido olvidarme de algo, no consigo luchar contra mi instinto y vuelvo cabizbajo a la papelera de reciclaje, desarrugo la idea y la coloco de nuevo en su sitio original: mi amiga pero inestable montaña de desorden. Llamémoslo mi querido batiburrillo.

martes, 31 de enero de 2017

Festival sensorial de sinsentidos

Tú buscando mi olor entre la gente. Yo mordiéndote los labios con los ojos. Tu aliento pronunciando mi nombre al oído. Mi lengua palpando con gusto tu cuello. Tu pelo rebelde impregnándose de mi perfume. Mis manos peinando lentamente todos y cada uno de tus prejuicios. Tus dedos dibujándome escalofríos desordenados en la espalda. Mis piernas adolescentes probando el sabor de los nervios. Tus diestros labios escuchando la marcha agitada de mi pecho. Mi nariz asomándose tímida a tu sexto sentido. Tu voz gritándome en silencio palabras de menta. Nuestras ropas conquistando, triunfantes, el aire. Mi piel y la tuya mirándose desnudas. Tu calor apagando mi frío. Mi calor apagando tu frío. Nuestras cuerdas vocales rindiéndose al clímax en este concierto de colchón a puerta cerrada. Es aquí en la oscuridad donde resaltan todos y cada uno de los matices que suelen dormitar escondidos. Es aquí donde los deseos latentes cobran vida y la música de los cuerpos se convierte en todo un festival sensorial orquestado por un cúmulo de casualidades encontradas y de anhelados sinsentidos.

lunes, 30 de enero de 2017

La última calada

La conocí chocando, como en las películas. Bueno, tal vez con menos glamour. ¿Sabes de esos momentos en los que uno saca una mano del círculo de protección del paraguas para saber si ha dejado de llover? Pues ella estiró el brazo izquierdo tan decidida como si estuviese haciendo una llave de judo y me dio un puñetazo en el ojo. Como lo oyes, la magia de la casualidad. Mi abuela siempre había dicho que tenía papeletas para cura, pero jamás pronosticó nada de un cardenal…

El caso es que la chica se sintió tan culpable que cuando consiguió frenar su ataque de risa nerviosa insistió en acompañarme a pedir un poco de hielo, a una cafetería que había allí cerca. Y acabamos casándonos. Bueno, en aquel momento no, por supuesto. Eso fue bastante después de aquel café, de unas cuantas cenas y de un puñado de polvos salvajes que terminaron en un embarazo no deseado. Y mucho antes de que su madre nos jodiera el matrimonio, un divorcio, una custodia compartida en proporción ochenta barra veinte –para ella el chico y para mí los gastos de manutención-, y dieciséis años de agonía hasta que el chaval entró en la edad adulta y pudimos romper el vínculo que nos ataba a ella y a mí.

Pues da la casualidad de que ayer, después de cinco años sin cruzármela, volví a verla. En el cementerio. Concretamente en un ataúd de pino. Al parecer tenía metástasis, hacía ya un tiempo. Le llevé flores, tal vez tarde. No tuve el valor de hacerlo en el hospital, ni mucho menos dos décadas antes cuando la hice escoger entre su madre y yo. Preferí mantenerme al margen cuando conocí la noticia, pensando en que se recuperaría. Y mientras tanto yo en mi mundo hasta que ya no se pudo hacer o decir nada, viendo mi vida pasar sin darme cuenta, como el que se pasa de caladas y se fuma el filtro. ¡Qué sabor más trágico aquella última calada!

Su nombre era María, como la que le había aconsejado el oncólogo para calmar los dolores. Dejaba en este mundo un hijo problemático, una madre loca, dos hermanas insoportables y un ex marido gilipollas golpeándose en la cabeza con un ramo de flores por haber dejado escapar dos veces a la que había sido el amor de su vida. Y esta vez para siempre. De todos los golpes que me dio desde que la conocí –incluyendo el del ojo- este era sin duda el más doloroso, de esos que cortan la respiración como una ducha fría en un agrio cinco de diciembre.

miércoles, 25 de enero de 2017

Lecciones de arena y sal

Devuélveme la arena que te llevaste en las sandalias la tarde que me dijiste adiós después de la playa. Olvida todas y cada una de las olas que saltamos juntos. El olor a sal en mi piel. El sabor a mar de mi boca. Los escalofríos cuando te agarré de la mano y nos alejamos de la orilla. El calor de los abrazos sobre la toalla. El sol, la paz, la vida. Cancela de tu mente las palabras que te susurré al oído bajo la sombrilla.

Borra de tu brazo derecho el dibujo que te tatuaste de nuestro futuro. Quema nuestras fotos, corre, pero quémalas ya. Cambia de perfume si todavía hueles a nosotros. Córtate el pelo, cómprate ropa. Sal con tus amigas, ríete de todo hasta que se te escape el pis y fóllate a dos o tres. Canta si te apetece tus mierdas de pop comercial. Baila, come y duerme. Y después llora. Llora mucho. Llora como no has hecho nunca en tu vida. Llora las olas que saltamos juntos. Llora el mar hasta que te frene el escozor de la sal. Llora hasta haber descubierto que has cometido el mayor error de tu vida. Llora fuerte porque, para cuando termines de darte cuenta de que me has dejado escapar, la marea ya estará baja y yo me habré alejado caminando sobre la arena mojada de lo que fuimos.

lunes, 23 de enero de 2017

Reflexiones otoñales de una abuela seca a su nieto en flor

-Abuela, ¿en qué se diferencian las estaciones?
-Buena pregunta, ven aquí cariño, siéntate con esta vieja. Verás, ahora mismo estás viviendo la primavera de tu vida, creciendo a cada paso que das, descubriendo, jugando, estudiando. Tu hermano Carlos está probando el calor del verano: el sabor de los besos, la belleza de los viajes, la independencia de tus padres. Ellos, querido, comienzan a ponerse la chaqueta porque soplan ya vientos de otoño. Y yo, amor mío, llevo años viendo las hojas caer, cubriendo de tonos dorados el camino a mi paso. Y me entretengo observado todos sus matices y recordando los días de verano junto a la estufa. Aun así amo cada día de mi otoño porque me permite disfrutar viendo avanzar tu primavera.
-¿Y qué pasará cuando caigan todas las hojas de tu árbol, abuela?
-Entonces, hijo, llegará el frío y me llevará consigo el largo invierno. Pero aún falta mucho para eso. Hala, bájate y corre a jugar.

A mi abuelo Francisco, que comenzó su invierno el 23 de enero de 2014.
Podéis encontrar una versión reducida en el volumen "Microrrelatos Otoño e Invierno" 2016 de Diversidad Literaria.

viernes, 20 de enero de 2017

Canción sorda a un amor ciego

Mis dedos pensando en tu piel. Acordes de una guitarra tímida que me pone contra las cuerdas. Domingo. Domingo azul. Domingo azul porque es contigo. Gente. Mucha gente alrededor, yendo y viniendo. Gente alta, gente baja, gente guapa, gente fea,  gente gorda, gente flaca. Gente. Gente invisible. Solo gente flotando entre tú y yo. Tú. Yo. Nosotros. Miradas, miradas tímidas que se cruzan en el aire. Miradas que juegan a pronunciar las palabras que nuestros labios resecos no se atreven a hilvanar. Calor. Calor con prisa, calor con nervios, calor de un querer y no poder. Calor con sabor a incertidumbre y aroma a desafío. Sonrisas, sonrisas que nacen elegantes y que, de la emoción, se convierten en una mueca forzada. Sudor, sudor incontrolable de manos. Sudor de manos que sueñan con dibujar todos sus secretos en tu cuerpo, hasta hacerlo quebrarse de placer. Placer, placer de estar tan cerca que quema y a la vez tan lejos que corta. Placer de soñar despierto. Placer de desear con pureza y lascivia al mismo tiempo. Placer de saber que tarde o temprano tendremos que romper el dicho de "Se mira pero no se toca". Morbo, morbo de imaginar tu piel con la mía, tu aliento en mi nuca, mi sexo en lo más profundo de tu ser. Morbo de verte como nunca nadie te ha visto, de tocarte donde nunca nadie te ha tocado, de morderte, de comerte y de beberte. Morbo de dormirte en mi pecho y de despertarnos desnudos cuando el sol nos delate. Miedo, miedo de engancharme a tu droga y no saber abandonarte. Miedo de impregnar mis sábanas de tu perfume. Miedo de fijar en mi retina tus miradas, tu risa, tus gestos. Miedo de seguir sintiendo tu piel en la oscuridad cuando ya estés lejos. Miedo de que el juego me atrape y empiece a quererte. Miedo de saber que tú no piensas lo mismo. Miedo de perderte, de dejar escapar algo que, sin haber llegado a tenerlo, ya me demuestra el potencial de su grandeza. Y mientras tanto aquí estamos nosotros, tu y yo. Yo. Tú. Rodeados de gente. Tu y yo flotando entre gente invisible. Gente alta, gente baja, gente guapa, gente fea, gente gorda, gente flaca. Gente que no tiene ni idea de cuánto desearía que mis dedos tocasen tu piel esta noche, al ritmo de los acordes de esta guitarra cada vez más traviesa. 


miércoles, 18 de enero de 2017

El ajedrez del camello

Pese a llevar consigo la cruz de haber sido toda la vida un triste peón del destino, mostraba sin tapujos su mercancía como si fuese una corona, bien alta, sintiéndose el rey entre tanto colgado. Cobijado al otro lado de la diagonal en aquel barrio lleno de caras blancas y negras, erigió sin pudor las torres de su imperio de droga. Se buscó una reina que diese velocidad a su triste y lenta andadura. Vivió al filo de lo imposible, olvidando que no es más listo el camello que el caballo.
Un día el destino lo puso en jaque. Sintiéndose en peligro, abandonó sus torres, vio alejarse a sus amigos y perdió incluso a su reina. Hasta que se quedó solo, víctima de aquel peligroso juego, cara a cara con ese caballo blanco de pelaje sedoso pero trote rudo. Luchó a contrarreloj como pudo pero, lamentablemente, no tuvo escapatoria, porque aquel laberinto de mil entradas le dibujó solo una salida: el rey de la heroína no pudo soportar la última embestida, la más fuerte de todas. Y, sin ningún pudor, el caballo lo mató. 

martes, 17 de enero de 2017

La chica de ayer

Ayer me hablaron de ti. De lo mal que cantas en la ducha por la mañana. De tu manía por dejar la ropa sucia sobre la cómoda y de salir a la calle con el pelo mojado y la blusa a medio abrochar a tomarte el primer café del día, ese con sabor a bostezo y con olor a “camarero, no me importa una mierda tu vida, pero que sea con leche templada y dos de azúcar”.

Ayer me contaron que a veces te llaman maleducada por rascarte el culo en público y por sentarte en el autobús sin pensar en los mayores. Me aseguraron que eres más jefa que el jefe, porque llegas tarde, silbando y nadie te tose. Parece ser que fumas en el baño de la empresa, te haces las mechas en horario laboral y sales de copas a lo mejor un lunes por la noche. También me dijeron que te importa una mierda lo que me hayan contado, que nunca te frenarías ante el qué dirán. De hecho me describieron el secreto de tu dieta de prejuicios con patatas y tu merienda a base de batidos de indiferencia.

 Ayer me chivaron que te chifla llegar a casa y lanzar los zapatos mientras gritas ‘puta vida’, por soltar lastre. Que te mueres de ganas de hacerte tu sopa de sobre y jugar con la cuchara a crear nombres con las letras. Que terminas la velada sola, a la luz de la Teletienda, ahogando sus ofertas con las letras de Nacha Pop que se escapan de tu vinilo.

Justo ayer me comentaron todas las complejidades de tu vida simple, junto con tu miedo a encontrarte arañas en el cuarto y aquello de la ceremonia de dormirte con el ventilador encendido, aireando tu espalda mientras roncas boca abajo sin sujetador.

Ayer me dibujaron a una musa y me encendieron la sonrisa y el alma. Ayer provocaron que me fuera a la cama soñando con encontrarte en el límite entre mi mundo y el tuyo, soñando con materializarte entre mis sábanas y hacerte mía, soñando con protegerte. Pero por lo visto tú no eres de nadie, tú te proteges sola. 

Esta mañana me he despertado a oscuras, totalmente solo. Las aspas del ventilador descansan, mudas, y parecen no haberse movido siquiera en toda la noche. A ver si va a ser como sucede con las aventuras de Las Vegas, que lo que pasa en los sueños, se queda en los sueños… Y que nuestro amor no tiene cabida en este mundo.